El pasado ya no existe como acontecimiento; existe como recuerdo. El futuro tampoco existe todavía; aparece como anticipación. Sin embargo, el cuerpo puede reaccionar ante ambos como si fueran presentes: una memoria puede producir tristeza, culpa o rabia, y una posibilidad imaginada puede generar ansiedad o miedo. En ese sentido, memoria e imaginación son capacidades extraordinarias, pero, cuando funcionan sin conciencia, pueden convertirse en instrumentos de tortura.
Eso no significa que el dolor pasado sea falso ni que las amenazas futuras deban ignorarse. Lo que no es plenamente real ahora es la escena mental que repetimos o proyectamos. El hecho pudo ser real hace diez años; el riesgo podría llegar a serlo pasado mañana. Pero, en este instante, muchas veces estamos padeciendo una representación creada por nuestra mente.
La clave está en distinguir entre usar el pensamiento y ser arrastrado por él. Recordar puede ayudarnos a aprender; anticipar puede ayudarnos a prepararnos. El problema comienza cuando el recuerdo deja de ser información y se convierte en una identidad permanente, o cuando la previsión deja de ser prudencia y se transforma en una catástrofe vivida por adelantado.
No debemos destruir la memoria ni la imaginación, sino ponerlas en su sitio: como herramientas de la conciencia, no como dueñas de nuestra experiencia. El presente no elimina nuestros problemas, pero suele liberarnos de una parte del sufrimiento añadido que nosotros mismos fabricamos.
